Los cuentos aparecen debajo de los dibujos


¿Quien nos oye cuando hablamos?




rase que se era, un precioso árbol verde, grande y elegante que gracias a su belleza conseguía, que todo el que pasaba por el parque, levantara la vista para fijarse en él. A su lado crecía un pobre y raquítico pino, que de puro canijo que era, ni siquiera era capaz de dar una sola piña. Un soleado día, el pequeño pino por fin se atrevió a hablar con el grandioso árbol para decirle que envidiaba su belleza y la buena suerte que tenía. El verde y frondoso árbol torció su copa para echar un vistazo a aquel pino flaco y enano, en el que nunca había reparado y le dijo:
 - ¿Suerte? ¿Te parece que yo tengo suerte? Te diré, que yo me considero el árbol con más mala suerte de todo el parque.
- Pero ¿como puedes decir eso?, -le respondió el pequeño pino,- si todo el que pasa por tu lado, tiene que parar su caminar para admirarte.
- Pues por eso mismo. Fíjate, si tengo mala suerte, que todos los perros que pasan por mi lado tienen que levantarme su pata. Todos los enamorados que pasean por aquí, tienen que dejar sus nombres unidos por un corazón en mi corteza. Todos los chiquillos que vienen al parque tienen  que demostrar lo valientes que son subiéndose a mis ramas, porque claro son las mas altas de por aquí. El invierno es malo porque al ser el mas grande, cuando llueve, me mojo mas que los demás. La primavera porque los atolondrados pájaros siempre buscan mis recovecos para hacer sus nidos. El verano porque como me cargo de frutos, me pegan con palos para hacerlos caer. Y el otoño, que decir del otoño; como a mi alrededor siempre hay más hojas los barrenderos se cansan más y se apoyan en mi tronco a fumarse sus cigarrillos. ¿Te sigue pareciendo ahora, ridículo pino, que tengo suerte?-  Mientras el árbol se quejaba de todas estas cosas, y se regodeaba de su mala suerte, quiso el destino que pasaran por allí los espíritus de la buena estrella y centelleando de ira le dijeron al árbol:
- Verde y frondoso árbol hemos oído todo lo que le has contado al pino y vamos a hacer realidad tus mejores sueños. Quizás algún día te parezcan autenticas pesadillas. A partir de este momento, no volverá a pasarte ninguna de las cosas que tu consideras una desgracia, y en cambio, le pasaran al enclenque pino, que intenta crecer a tu lado. Si algún día te das cuenta de tu error, tendrás que hacer algo que salga de tu podrido corazón y solo entonces, veremos si podemos hacer algo por ti.

Dicho esto los espíritus de la buena estrella siguieron su camino, porque tenían mucho trabajo que hacer por el mundo.

A partir de ese día, el árbol, no podía creer que tuviera tanta suerte. Los perros ya no le orinaban pero no noto que comenzaban a faltarle, algunos minerales que están en el pis de los perros. Los enamorados ya no escribían sus nombres en su corteza, y a el le encantaba, pero dejó de saber como andaban las cosas del corazón a su alrededor. Recordó de pronto, que hacía mucho, mucho tiempo que los chiquillos no subían a sus ramas, pero no se percato de que ya no había nadie que le rascara, donde más le picaba. Cuando llegó el invierno, no podía creer que los espíritus tuvieran tanto poder, todos los árboles del parque se estaban mojando, estaban chorreando y él, increíblemente, “ja, ja, ja, estoy completamente seco, exclamó”, pero no quiso darse cuenta de la sed que ya sentía, y eso que aún no había salido el sol. Pero claro el amarillo astro llegó y con él los pájaros, que por raro que parezca, no buscaban sus escondites en sus huecos “esto es maravilloso, soy el árbol con más buena suerte del parque pensó”. Y lo pensó porque claro ya no había nadie a quien decírselo, no había niños, no había perros, no había pájaros, ni enamorados,...

Pero con los días, el árbol vio como se iba llenando de aquellos insectos, que antes los pájaros mantenían a raya. Llegó el verano y con él los hombres con palos pero, milagro, aquel año pasaban de largo y no querían sus frutos, claro que tenía tantos y tan gordos que le dolían las ramas de soportar el peso y además, algunas habían empezado a troncharse. En el otoño ya no había barrenderos apoyados en su tronco echándose sus cigarrillos, y con horror descubrió que era adicto a la nicotina y sufrió un ataque de ansiedad. A pesar de todo, aunque el árbol ya empezaba a darse cuenta de todas estas cosas, no quería reconocerlas y seguía pensando, “ummmm, ahora si que tengo buena suerte”.

Un día al despertar pensó que se había caído, porque nunca había visto el suelo tan cerca de su copa. Palpo su tronco y vio que seguía más o menos recto. Tocó sus raíces y comprobó que estaban dentro de la tierra, “¿Qué pasa entonces?- se preguntó- ¿Porque está tan cerca la tierra?.” Al levantar la copa vio un alto y majestuoso pino rodeado de niños, perros, pájaros y enamorados y le preguntó que estaba pasando. El pino con cara de pena le dijo:
-                ¿Qué pasa viejo amigo? ¿Ya no te acuerdas de mi? Nunca, nunca llames a eso, que no quieras que venga.

Así comprendió el árbol, que debemos aprender a apreciar hasta lo que en ocasiones podemos considerar malo. Pues siempre, siempre, siempre, como decía mi viejo amigo Murfi, las cosas pueden ir peor.


El inmenso amor de Mama Gallina

n una noche de tormenta, tan intensa que ni los animales de la granja podían salir a buscar sus alimentos, todos se reunieron alrededor de las vacas para recibir su calor. Mientras ellas respiraban todos se calentaban con su aliento, pero para que permanecieran tranquilas debían amenizarles con suculentas historias, de lo que en la granja sucedía. Y cuando las conversaciones perdían interés, las vacas se incomodaban y a cada movimiento todos salían despavoridos a buscar otro cobijo por miedo a morir aplastados.

Esa noche, que ahora quiero mencionaros, las conversaciones se movían entre los coqueteos de la nueva oca ante los patos que hacía que las patas la odiaran hasta el punto de querer convertirla en paté; el brioso crecimiento de los potrillos de la yegua mayor, que no paraban de hacer cabriolas en el aire como locos, haciendo la delicia de todas las madres; y como, ahora, el gallo Kiriquillo cantaba como nunca antes lo había hecho y había conseguido además, ser feliz.

El tiempo había pasado rápidamente entre tanta conversación y ahora la mayoría de los animales habían empezado a aquietarse y llevados por el calorcito empezaban a quedarse dormidos, cuando la vaca Paca prestó atención a la conversación de tres gallinas. Comentaban acaloradamente cual de las tres era mas eficientes con la educación de sus pequeños.

-        Yo, siempre tengo a mi pequeño pollito debajo del ala.- dijo la primera gallina- Le doy todo lo que necesita, para que no tenga que exponerse a los enormes peligros de la vida. El no necesita ir a picotear entre las piedras en busca de gusanitos, porque podía ser pisado por las altas yeguas. No necesita ir a beber al abrevadero pues podría desaparecer entre las fauces de los hambrientos cerdos. Y acabaré diciendo que el no necesita nada, absolutamente nada, que yo no pueda ofrecerle. Así me aseguraré que llegue sano y feliz a la edad adulta.- Hizo un gesto inflando su buche y agregó- Y se que no me equivoco.

-        No comparto tu opinión – aseveró la segunda gallina- llegará un momento en que tu no estés a su lado y entonces el no sabrá valerse por si mismo. Yo, por el contrario pienso que cada cual debe ser un ser independiente por eso desde que mis pollitos salieron del cascaron, le dejé solos en la granja para que aprendieran a buscar ellos mismos su propio alimento, que salieran por si solos de los problemas que la vida les ponga y además no solo he conseguido que sean independientes para conseguir sus necesidades, además han aprendido a no necesitar nunca de nadie emocionalmente. ¿O acaso les habéis visto alguna vez acercarse a algún animal de la granja? – ahuecó las alas orgullosamente y añadió- Por eso puedo asegurar que la que está en lo cierto soy yo.

-        ¿Y tu?- le dijo la primera gallina; a la que pacientemente había estado escuchando.- ¿Y tú que opinas? Dinos! ¿cual de las dos tiene razón?, dinos cual de las dos conseguirá que su pequeño retoño llegue sano y feliz a la edad adulta.

-        Yo, no se que será lo mejor. – dijo pacientemente la gallina Angelina, con la tranquilidad que da la sabiduría.- Yo nunca me pregunté como debía educar a mis tres pequeños.

-        Yo os lo voy a decir - dijo la vaca Paca. Ella les animó a que buscaran su alimento, y los observó de cerca hasta que lo hicieron por si solos, esquivando las largas patas de las yeguas y las bocas de los cerdos. Les escuchó, cuando algo les preocupó y les invitó a que buscaran la respuesta en su corazón. No se la dio ella, pues sabía que la mejor respuesta habita siempre en tu interior y la debes encontrar tu solo. Unas veces sus pequeños se equivocaron y ella siempre le apoyó en el acierto o en la equivocación. Y les escuchó sus consejos cuando la equivocada fue ella, pues se permitía con amor reconocerse equivocada cuando lo estaba.

-        No se si lo hice bien o mal – apuntó Angelina - ellos volaron cuando necesitaron volar y volvieron cuando alguno de nosotros, necesito del otro.

-        ¿Y tu porque estás tan segura que eso es lo mejor? –Preguntó enojada una de las orgullosas gallinas a la entrometida vaca.

-        Yo no lo digo, lo deduje de la conversación que tenían vuestros propios pollitos al otro lado de mi enorme barriga. Al preguntarse que era lo que más deseaban. Tu pequeño retoño dijo, quisiera poder tener las alas de un cisne para volar lejos, muy lejos, donde nadie me vigile. El segundo dijo, yo desearía ser huevo otra vez, para tener siempre el calor de mi madre y no tener tanta responsabilidad sobre mi pequeña espalda. La  pequeña hija de Angelina, dijo que su mayor deseo seria, que su madre supiese, cuanto valoraba todo lo que había hecho por ella y sus hermanos, sin que ella le diera importancia. Deseaba que supiera cuanto había aprendido de su madre en la vida y que se había convertido en el mejor espejo donde verse reflejada. Y que aunque no fuese capaz de decírselo con palabras, deseaba que algún día ella lo supiera, de alguna forma, de algún modo.




Dedicado a Angelina la mama gallina
Dedicado a ti mama, y a todas las mamás
En el día de la madre
Porque mi mayor deseo es que sepas
Lo que siento por ti





 Autora: Nuria L. Yágüez



ADIOS MOSQUITO TO






ace muchos años en un bosque grande, donde había tantos árboles que la luz del sol no llegaba al suelo, vivía un joven aprendiz de búho. El búho Don Mateo había sido como un padre para todos los animales de la comunidad. Pero en realidad sólo era padre del joven Esteban, aprendiz de búho. Don Mateo pasó muchos años en el rango de aprendiz de búho donde ahora se encontraba su hijo, y jamás se atrevió a protestar por nada.


-     Un momento, para, para, para.
-     Quien eres tú.
-     Soy la niña que está leyendo este cuento. Y no me gusta, yo quiero un cuento de princesas.
-     ¿Princesas? En este cuento no aparecen princesas.
-     Pues entonces no me gustará. Yo quiero un cuento de princesas
-     De acuerdo, te contaré un cuento de princesas.


Sin embargo, continuaba el cuento, Carlota la joven princesa era inquieta y ambiciosa, tanto que en ocasiones le había traído problemas. Pues todos los habitantes sabían donde encontrar al rey cuando tenían una dificultad, pero la joven Carlota siempre estaba volando por las escarpadas lomas cuando se le necesitaba.

-     Un momento, para otra vez. ¿Una princesa que vuela? Eso no es creíble.
-     Claro es que mi cuento era de un búho y los búhos si vuelan.
-     Hoy no me apetece un cuento de búhos, hoy quiero un cuento de princesas.
-     Un cuento de princesas,…, y que no vuelen,…, princesas,…, y que no vuelen.
-     ¡Exacto! Princesas y que no vuelen.
-     Pero mi búho volaba y volaba porque quería ser el más rápido.
-     Recuerda, princesas y que no vuelen. No suspires. Podría ser así,…, ella quiere ser la más guapa y no para de mirarse en un espejo.
-     Ya. ¿Y no me irás a decir que el espejo es mágico y le dice que ella es la más bella del reino?
-     No sencillamente, se mira en el espejo y sus padres se enfadan con ella. Y habrá un príncipe que la bese al atardecer.
-     Deja que piense. Intentemos algo.


- Carlota, eres una princesa y como princesa debes comportarte.- Le dijo su padre un día.
- Pero papá, estoy harta de estar aquí. Déjame que salga del palacio para que todos puedan observar mi belleza.
- Esta noche iremos a un baile y allí podrán observarte. Pero tu sola no debes salir. Hay muchos peligros allá fuera que desconoces.
- ¿Peligros? Todo el mundo me respeta porque saben que soy tu hija. Quiero ser la princesa más hermosa y para eso tengo que ver cual es la moda que se lleva ahora. Porfa papá.- Insistía con la terquedad de una mula.
- Escucha Carlota, cada persona tiene sus limitaciones y debe saber adaptar su vida a ellas.
- Ya, y las mías son ser paciente y aprender a solucionar los problemas de los demás ¿No?
- Por supuesto. Esas son tus obligaciones y tu limitación, ahora mismo, está en los muros del palacio, mandaré venir a las modistas más afamadas para que te llenen el ropero de lindos vestidos.- Dijo Mateo con dulzura tratando de tranquilizar la ansiedad de su hija.
- ¡Pues estoy harta! Una princesa ha de ser bella para gustar a los príncipes, no inteligente. Que cada cual se solucionen sus problemas.
- No Carlota, la vida no es así. Debes asumir el papel que la vida te ha dado. Un rey ha de solucionar los problemas del reino, una reina los del rey. Si no eres sabia e inteligente ningún príncipe querrá casarse contigo.
- Soy una mujer y mi papel es ser bella, y mas bella, y mas, y mas, y mas.
- Si pero además de mujer eres princesa, y las princesas son personas sabias y por eso servimos a nuestra comunidad,...,
- Pero ,...,
- Mírate aún eres joven y ahora lo que mejor haces es dejar volar tu imaginación, pero con el tiempo llegarán a ti tus otras cualidades. Debes tener paciencia. La belleza algún día dejará de visitarte cada mañana, olvidará el camino a tu casa, pero la sabiduría no te dejará nunca.
- Por eso, ahora que soy bella necesito que todos me vean. No quiero ser inteligente, ni paciente, ni sabia, ni siquiera princesa. ¡Con ser bella ya podría conseguir un príncipe! Que pasará si el príncipe ve antes a una lacaya y se casa con ella.
- Que no será inteligente, y por lo tanto, no te merecerá. Escucha deja que te cuente una historia que un cuentacuentos me contó una vez. Tal vez podamos aplicarla a tus ansias de salir del castillo.- Carlota ansiosa intentó echar a correr para salir del castillo pero su padre la retuvo.
- Ya, y que historia será esta vez la del árbol orgulloso, la de la niña que lloraba por su muñeca.
- La niña no lloraba, era la muñeca. Pero no, no es esa, es una historia nueva que jamás te he contado.- Dijo el rey Mateo sin enfadarse, con la tranquilidad que los años le habían concedido.- Cerca de la laguna que forma el remanso del río, hace algunos años vivía un mosquito, llamado el mosquito To.
- ¿Un mosquito?- Se oyó decir.
- ¿Y tú quién eres?
- Soy el niño que lee el cuento. Pasé por alto lo de la princesa, pasé lo de ser la más bella, pero ¿lo del mosquito?
- Entiendo que te extrañe. Es que este cuento iba de un búho y un mosquito que quieren ser los más rápidos volando.
- ¿Un búho y un mosquito? ¡Vaya personajes! Yo quiero un cuento de monstruos.
- Pero este es un cuento es de princesas, no de monstruos. No pueden aparecer monstruos.
- Pues entonces no me gustará.
- Niños, niñas, princesas, monstruos. ¡Este no es el cuento que yo iba a contar! Pero,…, a ver,…, déjame que piense. Vale habrá un monstruo.



- Había un monstruo. Un monstruo peludo, rojo, con una cara por delante y otra por detrás para que nadie le atacara por la espalda. Era el monstruo más feo que nadie había conocido nunca, pero él, como nunca había visto otro monstruo pensaba que era bello. Su cuerpo era grande y musculado pero el interior de su cabeza era tan pequeña como una nuez y no le cabía mucha inteligencia. El caso es que  Cecilio, que así se hacía llamar nunca había escuchado las lecciones de sus mayores.- Carlota, la joven princesa iba a protestar, pero eso le gustaba y empezó a prestar la atención que las historias de su padre merecían.

>> Una tarde Cecilio, salió de su casa dispuesto a demostrarle a todo el mundo que él era el monstruo más bello del bosque. Primero se encontró con la tortuga Comelechuga. <Hola señora tortuga ¿Ha visto alguna vez en su larga vida un animal más bello que yo?> Preguntó con su voz ronca. <Déjame a mi de belleza soy tan lenta y vieja que no puedo recordar la cara de un animal cuando consigo ver al siguiente. Por lo tanto no puedo compararte con nadie> Dijo la tortuga Comelechuga sin detener su lento caminar, ni dirigirle la mirada siquiera. <¿Quiere que le demuestre lo guapo que soy? – Solo entonces la tortuga comelechuga le miró atentamente y pensó que no había nunca un bicho con tan mal aspecto. De momento se quedó paralizada pero era tan lenta en sus movimientos que no se notó la diferencia. A Cecilio le pareció extraño que no dijera nada y se acercó para ver si se encontraba bien. La tortuga comelechuga soltó el grito más agudo que nadie ha escuchado jamás. Los ojos parecian salirse de sus órbitas y no tardó en desaparecer dentro de su caparazón. Cecilio de pura rabia, pues comprendió que no solo no le consideraba el más bello, si no que le consideraba feo, rugió lo más fuerte que pudo para asegurarse que la tortuga no saliera del interior de su caparazón en tres días. Y siquiera mientras temblando como en ese momento lo hacía.

>> Cecilio, no era de esa clase de monstruos que tratan de comprender, de modo que sin llegar a entender muy bien lo que había pasado guió su caminar hacia otro lado, en busca de otros animales o personas a los que demostrar su belleza. Al pasar junto a un árbol vio a León el camaleón quieto como siempre, abstraído en sus pensamientos. <¡Hola León! Gritó el joven monstruo sacando al camaleón de su concentración. <Hola> contestó León con fastidio. <¿Qué hacías?> <Estaba probando el cambio del verde al marrón pero alguien me ha distraído> <¿Has visto lo guapo que soy?> <La verdad es que no> Dijo el camaleón mientras miraba con un ojo a un mosquito que sobrevolaba su cabeza y con el otro a una hoja que amenazaba con caerse. <¿Has visto alguna vez un monstruo más guapo que yo? León el camaleón había pasado mucho tiempo concentrado en el cambio de colores y ahora se encontraba hambriento. De modo que sin apartar un ojo del mosquito, desvió el otro hacía Cecilio. El mosquito se asustó de ver a un camaleón correr tan rápido, sonrió al ver que había escapado una vez más y cuando vio qué había asustado al camaleón calló al suelo petrificado. Cecilio volvió a rugir y esta vez una llamarada salió por su boca.

>> Cecilio no se había parado a pensar en la posibilidad de que los demás no comprendieran su belleza y ahora que lo vio con claridad sufría la estupidez de los demás. Algo le había hecho acordarse de lo que su padre había tratado de decirle tantas veces. ¿Sería cierto que hay quien no ve guapos a los monstruos? Cuantas cosas más podría haber aprendido de haber escuchado a su padre. Entendió por que los monstruos viven en grutas sin relacionarse con otros seres vivos.  Se despeinó el pelo que había sido colocado cuidadosamente con gomina para parecer más atractivo. Y frunció el ceño como había visto hacer a todos los adultos de su familia.

>> Mientras caminaba de vuelta a la gruta donde vivía su padre, vio un pez que reía mientras nadaba contra la corriente del río. Y volvió a enfurecer de nuevo. De modo que se acercó hasta él y le rugió fuerte. Pero bajo el agua no se oyen bien los ruidos del exterior y el pez siguió sonriendo. Cecilio no podía perdonarse que un simple pez, un animal tan pequeño comparado con él no le temiera y algo peor encima se riera de él en su propia cara. Se acercó más al agua y rugió tan alto como pudo, escupiendo una bola de fuego, pero al contacto con el agua esta desapareció. Cecilio rojo de nacimiento y de furia se acercó llegando a tocar casi el agua con sus negros dientes y rugió de nuevo. Pero tan obsesionado estaba con asustar al la joven trucha que se olvido que no sabía nadar y cuando cayó al agua y se hundió. La trucha pachucha llegó al lado del sonriente trucho chicho y nadaron juntos y enamorados sin ser conscientes siquiera de que un monstruo se ahogaba a tan solo unos metros.


- Alto yo metí al monstruo en este cuento y no quiero que muera. No puede morir.- objetó el niño que leía el cuento.
- Pero ¿y la princesa?- protestó a su vez la niña que leía el cuento- Yo quería un cuento de princesas ¿Ya no sale más la princesa en este cuento.?
- Pero esa es la enseñanza para la princesa, que debía escuchar a su padre.
-     Esa es la enseñanza del cuento del búho, ninguna princesa aprendería eso por escuchar el cuento de un monstruo que se ahoga en un charquito de agua. Busca otra enseñanza para este cuento.
-     Y que no muera el mostruo.
-     Vale, de acuerdo, déjame pensar.

Justo cuando Cecilio, el monstruo rojo, estaba a punto de ahogarse, una princesa que pasaba por allí, le sacó del agua, le acarició colocando cada pelo en su sitio y le besó dulcemente para que recuperara así el aliento que había perdido.

Por qué me besas?- Preguntó Cecilio extrañado
¿Por qué no habría de besarte?
Soy un monstruo. Soy feo y temible. ¿Es que no te doy miedo?
Eres el monstruo más bello que conozco.
¿Bello?
A mí me gustas.- dijo la intrépida princesa convencida de lo que decía.
Me deprimes. Antes no gustaba a nadie y ahora ni siquiera doy miedo.-Cecilio ya no sabía lo que era o dejaba de ser.
No somos monedas de oro que tengamos que gustar a todo el mundo. Lo importante es que te gustes a ti mismo. Hasta los diamantes están escondidos entre las rocas. Depende de cómo o por donde te miren verán tu exterior de piedra o tu corazón de diamantes. Quiérete tú y busca lo bueno en todo lo que te encuentres, todo lo tiene. Pero si te quedas con lo primero que veas te quedarás con una visión muy pobre de las cosas. Nadie puede negar que la luna es bella pero hasta ella tiene una cara oculta.


- ¿Y bien? ¿Os gustó ahora el cuento?
- A mí sí.- dijo el niño que leía el cuento.
- A mí también.- Dijo la niña que leía el cuento.
- Gracias papá, este cuento es maravilloso- dijo la princesa que con una nueva enseñanza en la cabeza.
  - Gracias.- dijo el creador del cuento- No solo por haber apreciado el lado bello de mi cuento, si no por enseñarme que si aceptas todas y cada una de las cosas que te llegan de fuera, encontrarás algo completamente diferente, a lo que tu buscabas. Pero puede ser tan bonito o más, que aquello en lo que tú habías pensado.

PACO EL PEQUEÑO PICO PICAPINOS



rase esta vez, esta vez que te cuento,
que a punto estuvo de desaparecer mi mundo,
si no hubiera llegado a tiempo,
la solución a un feo asunto
sobre un pajarillo muerto.


       Yo, el viento, había estado soplando todo el día, pero cuando oí que el búho real empezaba a contar un cuento me apacigüé a su lado como el resto de animales que allí estaban. Contaba en aquella ocasión, como cada animal, cada planta, cada ser vivo tiene su sitio en el bosque, y como debe respetar y ser respetado por los que viven a su lado. Como el animal más sabio del bosque, el gran búho real conocía infinidad de historias que narraba amablemente al resto de animales para que los más pequeños pudieran comprender con facilidad, lo que él trataba de enseñarles. En aquella ocasión relataba un cuento sobre un árbol egoísta y arrogante que vivía sin respetar a nadie y cómo aprendió a considerar al resto de habitantes de la selva como iguales. Pero este es otro cuento y te lo contaré en otro momento. Entonces apareció una pajarita e interrumpió la magia de aquel instante.
-        ¿Qué ocurre señora pájara?-
preguntó el búho intrigado,
que solo con ver su cara,
supo que algo había pasado.
-        Que la zorra se comió mi cría
que nació hace solo veinte días.
-        Yo no fui- interrumpió la zorra malhumorada-
aunque de buena gana me la hubiera comido,
pero por más saltos que di,
no pude alcanzar el nido.
que tan alto estaba puesto,
que no llegué,…, aunque hubiera querido.
-        ¿Y porqué piensa que fue la zorra,
la que destrozó su morada?-
Preguntó el sabio búho
a la madre desconsolada.
-        Porque ella rondaba el nido,
con hambre de varios días,
y cuando llegué con el almuerzo
ya no estaba allí mi cría.
-        ¿Pero tiene alguna prueba
que la haga pensar,
que fue la golosa zorra
y no otro animal?
-        Yo no pude ver nada,
supongo que estaba de camino,
cuando se comieron a mi Paco.-
Dijo la pico picapinos.
-        ¿Y usted? ¿Vio algo anormal?-
Le pregunto el sabio búho al otro animal.
-        Tantos y tantos saltos di,
tratando de buscar mi comida,
que por el cansancio y por el hambre,
al final me quedé dormida,
y cuando desperté no había ni rastro
del ave desaparecida.
Nos costó mucho llegar hasta aquí,-
gruñó la zorra de los nervios presa.-
pues ha crecido tanto el río,
que ha inundado el monte y llega hasta la dehesa.

       El búho guardó silencio pues tenía mucho en lo que pensar. Creía a la pobre zorra pues podía verse que estaba hambrienta, y no había ninguna pista clara que pudiera culparla. Como siempre que había problemas los animales del bosque acudían a él, pues era el único capaz de investigar y llegar a comprender todo lo que allí pasaba. Pero ahora eran dos problemas los que se le planteaban. Uno, averiguar quién se habría comido al joven Paco y el otro descubrir por qué había crecido tanto el río, pues no era época de lluvias y no tenía por que hacerlo. Pensó y pensó hasta que algo le hizo suponer que si encontraba la causa de la crecida del río, daría también con el pequeño pico picapinos. Así que al llegar la noche mientras todos dormían, salió a volar alejándose de los altos roquedos. Voló hasta el nido del halcón peregrino y le preguntó si sabía de donde salía, todo aquel agua que se veía en la lejanía.
-        Yo no se nada,
aunque ayudarte quisiera,
quizás debas preguntarle
a algún animal de la rivera.

La libélula tampoco sabía nada, pues decía que ella no solía alejarse mucho de la orilla del río. Entonces fueron a preguntar a la carpa, pues sabía que ella recorría las aguas del río varias veces al día y suponía que sabría algo más. La carpa al ver llegar a la libélula abrió la boca con malas intenciones y ésta se asustó. Pero como el búho la había enseñado eludió el peligro diciendo.
-        Si eres inteligente,
no me comerás,
pues por llenar la barriga hoy
mañana desaparecerás.
-        ¿Cómo que desapareceré?,
Cuantas más libélulas coma
más gorda estaré.
-        Si las aguas siguen creciendo,
el bosque se inundará,
y tú, como parte del bosque
muerta estarás.

Eso no le gustó nada a la carpa, pues tenía razón, si el bosque se inundaba en poco tiempo desaparecería todo el alimento y sus días estarían contados. Así que trató de ayudarlos. Explicó que algo había oído, pero era tan solo un rumor y como rumor que era le había dejado correr como al agua del rio. No obstante les ayudaría a llegar a la isla de los cormoranes, pues sospechaba que ellos sabrían algo más.
-        Yo no puedo alejarme tanto,-
dijo la libélula con pena-
solos iréis más rápido,
yo más que una ayuda, sería un problema.
-        Muchas gracias libélula.-
dijo el búho agradecido,
ha sido inestimable,
la ayuda que al bosque ha ofrecido.

Así se separaron los tres animales, la libélula volvió a sobrevolar su orilla, mientras que la carpa y el búho real nadaron río abajo. Llegaron rápidamente y en silencio hasta la presa donde detuvieron su camino. Como la carpa no podía pasar de allí, le explicó al búho que un poco más abajo podría encontrar un barbo dorado. Antes de construir la presa y separar así sus vidas para siempre, fueron muy amigos. La carpa le aseguró que el barbo estaría dispuesto a ayudarle.
-        Muchas gracias señora carpa,
no sabe cuanto me ha ayudado.
El bosque le tendrá gran estima
por lo bien que se ha portado.

   El búho encontró al barbo justo donde la carpa dijo y tal y como ella supuso estaba dispuesto a ayudar. El barbo le llevó por algunos sitios para que el búho viera lo que el río había crecido, y este se preocupó de que lo hubiera hecho tanto.

   Antes de llegar a la isla de los cormoranes pudo deducir cual era, pues en un pequeño islote, un grupo de pájaros negros descansaba con sus alas abiertas al incipiente sol de la mañana. Al llegar el barbo hicieron intención de comérselo pero el pez las disuadió con sus aprendidas palabras.
-        Si sois inteligentes
no me comeréis,
pues por llenar la barriga un día,
muertos estaréis,
porque cuando el agua os impida posar el vuelo,
de cansancio os ahogaréis.

Los negros pájaros comprendieron y le escucharon algo más relajados. Cuando el búho les preguntó, no supieron decirle si el rumor era cierto o no. Era algo que habían oído, pero no daban crédito a la historia de un león en el parque. Allí nunca había habido leones. Le explicaron que en un cerro cercano podría encontrar al águila culebrera y ella sabría algo más acerca del rumor.
-        Quiero darle las gracias señor barbo,
mi agradecimiento más sincero,
por haberme ayudado a mi,
a su entorno y al bosque entero.
-        Aunque no haga falta decirlo,
su agradecimiento es bien recibido,
que tenga suerte y encuentre,
al pico picapinos desaparecido.

Allí y así se despidieron el barbo y el búho real. Y éste, acompañado de un joven cormorán, partió en busca del águila culebrera. La encontraron antes de lo que esperaban, siguiendo a unos senderistas. Al encontrarse, el búho le contó la historia tomándose un descanso mientras observaban la belleza de los roquedos del Salto del Gitano. El águila culebrera le contó que algo de eso había oído.
-        Un humano se compró un león,
y cuando creció más que su valor,
vino al parque y le soltó.
El pobre es malo como un diablo
aunque no se porqué,
seguro que la culebra bastarda,
sabe algo más de él.
Cuando el búho hubo tomado un poco de resuello siguieron su vuelo en busca de la culebra, que a punto había estado de comerse unos días atrás. Al verlos la culebra se quedó paralizada de miedo. Pero el águila trató de tranquilizarla con suaves palabras.
-        Como soy inteligente,
no te comeré,
pues por llenar la barriga hoy,
mañana me ahogaré.

La culebra bastarda comprendió enseguida que no corría peligro y por una vez habló de tú a tú con el águila que a punto había estado de comérsela y con el búho que seguro lo habría hecho de buena gana. El búho le contó la historia y ella le dijo que estaba en lo cierto. El río no dejaba de crecer por las lágrimas que un león lloraba. Se encontraba perdido y solo y tan deprimido estaba que hacía varios días que no comía, no dormía y ni siquiera rugía. Pero la culebra también lamentaba no saber nada de Paco.
-        ¿Sabes donde vive la fiera esa?
-        Más allá de la dehesa.
-        Si me llevas hasta él, quizás podría ayudar al león.
-        Pero yo no se donde vive, se lo oí contar al lirón.
-        Vamos a verle entonces,
¿Sabrás decirnos donde mora?
Estoy deseando solucionarlo
de una ver por todas.
-        Ánimo sabio búho,
vamos entonces a verle,
pero debemos ir con cuidado
y aunque esté apetitoso, no comerle.

       Esta vez el águila acompañó al búho y a la culebra, pues al volar ella tan alto quizás viera más fácilmente al lirón. Sobrevolaron varias veces el Castillo y sus cercanías, pero no había ni rastro. El pequeño roedor era escurridizo y desconfiado, por lo que tardaron mucho en dar con él. Cuando el lirón se encontró sin escapatoria, horrorizado de ver al amenazante trío, se tiró de espaldas al suelo haciéndose el muerto. Pero el búho acercándose a él le dijo con voz dulce.
-        ¿No ves que somos inteligentes?
Todavía no te hemos comido
Venimos desde muy lejos,
en busca del león perdido.
Necesitamos hablar con él,
para ver que le ha ocurrido.
Y si podemos hacer algo
para que no esté tan deprimido.
Que todos tenemos cabida en el bosque,
fieras, amables, sanos o tullidos.
Pues Dios nos juntó a todos,
para que viviéramos siempre unidos.

Al oír el discurso del búho, el lirón abrió su pequeño ojito, después levantó la cabeza y viendo la cara de bondad del búho se animó a ponerse en pie. Se llevó la mano al pecho, sintiendo como bombazos los latidos de su pequeño corazoncito y en un suspiro dijo.
-        ¡Qué susto me habéis dado,
creía que ibais a comerme.
Yo se donde vive ese león
y si es necesario, os llevaré a verle.

¡Qué iluso! Pensó el águila culebrera, pues viendo su pequeño tamaño, pensó que no habrían tenido ni para ir abriendo pico. Pero en vez de reírse de él acordaron que descansarían un rato y con el primer sol de la mañana saldrían en busca del león. El extraño grupo estuvo mucho tiempo hablando de los peligros que el encuentro conllevaría. Jacinta, la señora del lirón, les suplicó que no fueran a verle, y le recordó que su joven hijo todavía necesitaba de su padre. Entonces el búho contó la triste historia de Paco el pequeño pico picapinos y sus sospechas de que el león tuviera algo que ver en ese feo asunto. El lirón dijo que creía haberle oído. Llevaba unos días escuchando golpecitos, como los que da ese pájaro en las cortezas de los árboles, sin embargo no sabían de donde venían, y ni siquiera había visto a Paco.
-        Compréndelo Jacinta,
deben ser ayudados,
mañana podría ser nuestro hijo,
el que desapareciera de nuestro lado.

Cuando se pusieron en camino no tardaron en dar con él, pues las lamentaciones del león podían oírse desde lejos. Cuanto más se acercaban a su guarida, más nítido se hacían lo golpecitos de los que habló el lirón. Ya desde lejos el búho comprendió todo, pero no era animal que gustase adelantar acontecimientos, así que esperó a encontrar al león. Cuando llegaron a la explanada donde el león estaba y este pudo verlos, lazó un fiero rugido sin abrir siquiera la boca que detuvo al lirón en seco. Así que el pequeño roedor muerto de miedo decidió esperar allí, por si tenía que ir a pedir ayuda. El águila culebrera y el búho real siguieron acercándose más para hablar con él.

A unos  cien metros de donde se detuvo el lirón el león dio un zarpazo al aire y sus enormes garras brillaron por el efecto del sol. El águila pensó que si eso eran sus garras, sus dientes parecerían puntas de lanzas afiladas.
-        Yo esperaré aquí
por si hubiera que ir a pedir ayuda,
que no me fío del lirón,
y menos de esa fiera peluda.

El búho siguió acercándose solo, muy lentamente, hasta que estuvo a sólo un metro del león. Necesitó sacar todo el valor que tenía bajo sus plumas, y ya que estaba allí, respiró hondo y trató de que no le temblara la voz cuando dijo.
-        ¿Queeeé te ocurre leoncito,
noooo tienes muy buena cara?.-
Pero por más que dijo
no consiguió que el león hablara.

Los golpes seguían sonando y cuanto más sonaban más cerraba el león los ojos, se revolcaba por la hierba seca y rugía malhumorado.
-        Quizás no te entienda,
por no ser de aquí el animal,
háblale por señas,
que ese lenguaje es internacional.

El búho sabía que el león le había entendido pero lo que el águila había gritado ayudó al león a explicarse y por señas habló.
-        No estoy triste, como te han contado,
ni tampoco deprimido,
es que tengo un dolor de muelas,
que me tiene desolado
y va a poder conmigo.
-        Déjame que las mire.-
Y negó el león con la cabeza,-
¡Anda! no seas tonto,
yo tengo gran destreza,
que trabajé durante años
de dentista para la realeza.
Seguro que está picada,
y con un poco de cuidado
en dos días curada.

   Ante la insistente negativa del león, el sabio búho fue a hablar con el águila y le dio señas precisas de lo que necesitaba. El águila voló en busca de los buitres para que fueran a llamar a todos los animales del parque. Había que tramar un plan. Se pusieron todos manos a la obra y este no tardó en llegar y con él, lo que el búho había pedido.
-        ¿Ves ese espejo que sujeta el elanio azul?
si no te fías de mi, abre la boca y míratela tu.

El león volvió a negarse. Volvieron los golpecitos y con un rugido, el felino alejó varios metros a todos los animales que se habían acercado al ver la escena. Se sentía grande y temido. Eso le gustaba. Pero la curiosidad le pudo y se acercó al cuadro de madera que sujetaba el espejo. No abriría la boca. Sólo deseaba ver su fiero aspecto para reafirmar su autoestima. Al asomarse, vio un pequeño gatito sorprendido de verse. Estaba escuálido, sus enormes ojos reflejaban sorpresa, se le notaban las costillas y su pelo, antes fuerte y brillante, lucía ahora lacio y sucio. Su boca se fue aflojando lentamente y por el asombro, su mandíbula inferior fue cayendo hasta tocarse el pecho.

   En un descuido Paco apareció volando entre la oscuridad que albergaban las enormes fauces del león.
-        Oh! Paco no ha muerto, era el quien daba,
los golpecitos que sonaban.

Todos los animales se sorprendieron pues aún no habían comprendido lo que el búho sabía desde hacía mucho tiempo. Paco salió volando asustado y no paró hasta que se encontró a salvo bajo las alas de su madre.

De vuelta en los roquedos, con el león recogido en un zoo y la calma restablecida en el parque, el águila culebrera le preguntó curioso al león.
-        ¿Por qué supiste que viendo
al gato que habíamos pintado,
el león abriría la boca,
perdiendo así su bocado?
-        Porque por mucho que dijera la lirona Jacinta,
no es tan fiero el león como lo pintan.